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¿No me apetece o me da miedo?

  • Foto del escritor: marinarubau
    marinarubau
  • hace 4 horas
  • 3 min de lectura

Hay personas que pueden decidir si les apetece ir a un plan o quedarse en casa. Personas que pueden preguntarse qué quieren hacer.

Cuando tienes ansiedad social, muchas veces esa no es una opción.

No decides si te apetece. Decides si serás capaz.


Y lo que más duele es querer estar y sentir que, vayas o no vayas, acabarás torturándote igual

mente.


Detrás de la puerta de casa, el mundo es una batalla y todos son tus enemigos.

La sensación es esa, pero realmente el único enemigo eres tu mismo.


No puedes huir y vayas donde vayas te acompaña esa voz que te dice que no eres adecuado: un juez interior severo que no pasa ni una. Y lo más desconcertante es que suele ser demasiado indulgente con los demás, pero desproporcionalmente estricto contigo mismo/a.


Dime si tienes en mente alguna situación que haya supuesto un reto a nivel social o personal, como una entrevista, un trabajo, unas prácticas, una reunión o un encuentro social con mucha gente, de la que guardes un recuerdo realmente bueno.


¿Te viene alguna a la cabeza?


Porque, si eres una persona con ansiedad social, seguramente te cueste encontrar una. Y si la encuentras, probablemente también recuerdes los nervios, la vergüenza o todo lo que creíste que hiciste mal.


Quizás recuerdes que los demás te rechazaban, que eran estúpidos, que no encajabas con ellos o cualquier otra explicación que te haga sentir un poco mejor. Porque duele mucho pensar que, en realidad, eras tú quien llevaba la cruz a cuestas antes incluso de llegar allí.


Y lo peor no es el momento de la interacción en sí. Ya empieza el malestar al anticipar todo semanas antes: el dolor de estómago. Los pensamientos negativos y catastróficos. Imaginar lo horrible que va a ser todo. Lo roja que te vas a poner. Cómo vas a tartamudear. Cómo todo el mundo va a notar tus nervios.


Luego, de alguna forma, sacas una fuerza que ni siquiera sabías que tenías y afrontas la situación.


Pero entonces llega la peor parte: la tortura de después. Repasar cada momento. Juzgarte duramente. Analizar cada palabra. Pensar que ha vuelto a pasar. Que parecía que estabas mejor, pero que el mundo acaba de recordarte otra vez que no eres válida, que eres débil, que no eres capaz ni de existir y estar presente sin sentir miedo.


Creer que tienes un problema. Esto es precisamente lo que alimenta el problema.

Creer que los "demás" como un ente extraño, no pueden entenderlo. Que eres la única persona en el mundo que se siente así. Que hay algo defectuoso en ti que no puede cambiar.


Y entonces intentas solucionarlo de la única forma que conoces: criticándote más, siendo más dura contigo, controlándote más, vigilándote más e insistiendo una y otra vez en ser "normal", esperando que así algo cambie.


Einstein decía que es una locura hacer lo mismo una y otra vez esperando obtener resultados distintos. Y así es.


Imagina que caes dentro de un hoyo profundo y quieres salir y tu convencido/a de que la solución está ahí abajo, empiezas a cavar.


Cavas con todas tus fuerzas porque quieres salir. Cuanto más sufrimiento sientes, más cavas. Cuanto más miedo tienes, más cavas.

Y eso es lo que hacemos muchas veces con la fobia social. Nos criticamos más. Nos observamos más. Intentamos controlarnos más. Nos castigamos por cada error. Analizamos cada conversación una y otra vez buscando qué arreglar.

Creemos que, si cavamos lo suficiente, encontraremos la salida.

Pero no nos damos cuenta de que precisamente aquello que hacemos para dejar de sufrir es lo que mantiene vivo el sufrimiento.


Y quizá ahí esté una de las partes más dolorosas de la ansiedad social: seguir teniendo fuerzas y ganas de avanzar, de conectar y de formar parte de las cosas, pero sentir que el miedo te lo pone cada vez más difícil.


Vivimos atrapados en una contradicción constante.

Porque el problema no es que no queramos estar con los demás. El problema es que sí queremos estar. Queremos formar parte, conectar, compartir momentos y sentirnos incluidos. Y precisamente porque nos importa tanto, tenemos tanto miedo a hacerlo mal, a no encajar o a ser juzgados, que acabamos sintiendo que no podemos vivirlo con la misma libertad que los demás.


Por eso muchas veces no elegimos según lo que nos apetece, sino según el miedo que tenemos. La pregunta deja de ser: "¿Me apetece ir?" Y pasa a ser: "¿Seré capaz?"

¿Seré capaz de hablar con naturalidad? ¿De no ponerme roja? ¿De no bloquearme? ¿De no parecer rara? ¿De quedarme hasta el final sin querer salir corriendo?


Si vas, sufrirás antes, durante y después. Si no vas, llegará el alivio momentáneo, pero también la culpa, la frustración y la sensación de que otra vez ha sido el miedo quien ha decidido por ti.


Lo que duele es que tienes que pedirle permiso a tu ansiedad para poder vivir.


 
 
 

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Marina Rubau Vigara

 Psicóloga General Sanitaria   Col. 31856

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Email: marina.rubau@gmail.com

Tel.: +34 711 28 34 80

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