¿No me apetece o me da miedo?

Actualizado: 27 jul
Hay personas que pueden decidir si les apetece ir a un plan o quedarse en casa. Personas que pueden preguntarse qué quieren hacer.
Cuando tienes ansiedad social, muchas veces esa no es una opción.
No decides si te apetece. Decides si serás capaz.
Detrás de la puerta de casa, el mundo es una batalla y la sensación es que todos son tus enemigos. A pesar de que, realmente el único enemigo eres tu, contigo mismo.
Vayas donde vayas te acompaña esa voz que te dice que no eres adecuado o suficiente y que suele ser demasiado indulgente con los demás, pero desproporcionadamente estricta contigo mismo/a.
Dime si tienes en mente alguna situación que haya supuesto un reto a nivel social o personal, como una entrevista, un trabajo, unas prácticas, una reunión o un encuentro social con mucha gente, de la que guardes un recuerdo realmente bueno.
¿Te viene alguna a la cabeza?
Porque, si eres una persona con ansiedad social, seguramente te cueste encontrar una. Y si la encuentras, probablemente también recuerdes los nervios, la vergüenza o todo lo que creíste que hiciste mal.
Y lo peor no es el momento de la interacción en sí. Ya empieza el malestar al anticipar todo semanas antes: el dolor de estómago. Los pensamientos negativos y catastróficos. Imaginar lo horrible que va a ser todo. Lo rojo/a que te vas a poner. Cómo vas a dudar y tartamudear. Cómo todo el mundo va a notar tus nervios.
Luego, de alguna forma, sacas una fuerza que ni siquiera sabías que tenías y afrontas la situación.
Pero entonces llega la peor parte: la tortura de después. Repasar cada momento. Juzgarte duramente. Analizar cada palabra. Pensar que ha vuelto a pasar. Que parecía que estabas mejor, pero que el mundo acaba de recordarte otra vez que no eres válido/a, que eres débil, que no eres capaz ni de estar presente.
Se vive atrapado/a en una contradicción constante.
Porque el problema no es que no quieras estar con las otras personas. El problema es querer formar parte, conectar, compartir momentos y sentirte parte de algo. Y precisamente porque importa tanto, hay tanto miedo a hacerlo mal, a no encajar o a ser juzgado/a, como si no pudieras vivir con la misma libertad que los demás.
Por ese motivo, muchas veces no elegimos según lo que nos apetece, sino según el miedo que tenemos. Con la creencia de qué hay que pedir permiso a tu ansiedad para poder vivir.
La ansiedad social tiene una forma muy particular de engañarnos: consigue que confundamos una emoción con una realidad. Hace que interpretemos la inseguridad como incapacidad. Hace que asumamos que los demás nos observan con la misma dureza con la que nosotros nos observamos.
Y cuanto más luchamos contra ella, más espacio parece ocupar. Por qué creer que tienes un problema. Es precisamente lo que alimenta el problema. Creer que los "demás", no pueden entenderlo. Que eres la única persona en el mundo que se siente así. Que hay algo defectuoso en ti que no puede cambiar.
Y entonces intentas solucionarlo de la única forma que conoces: criticándote más, siendo más duro/a contigo, controlándote más, vigilándote más e insistiendo una y otra vez en ser "normal", esperando que así algo cambie.
Einstein decía que es una locura hacer lo mismo una y otra vez esperando obtener resultados distintos.
Y así es. Imagina que caes dentro de un hoyo profundo y quieres salir y tu convencido/a de que la solución está ahí abajo, empiezas a cavar. Cavas con todas tus fuerzas porque quieres salir. Cuanto más sufrimiento sientes, más cavas. Cuanto más miedo tienes, más cavas. Y eso es lo que hacemos muchas veces con la fobia social. Nos criticamos más. Nos observamos más. Intentamos controlarnos más. Nos castigamos por cada error. Analizamos cada conversación una y otra vez buscando qué arreglar.
Creemos que, si cavamos lo suficiente, encontraremos la salida.
Pero no nos damos cuenta de que precisamente aquello que hacemos para dejar de sufrir es lo que mantiene vivo el sufrimiento.
Por eso la salida no suele estar en aprender a controlarlo todo mejor, ni en encontrar la forma perfecta de actuar, ni en conseguir que desaparezcan para siempre los nervios. La salida empieza cuando dejamos de convertirnos en nuestro propio enemigo.
Cuando entendemos que sentirse ansioso no significa ser incapaz.
Y quizá esto te cueste creerlo ahora, pero las personas con ansiedad social no necesitan convertirse en alguien diferente para estar bien. Necesitan dejar de vivir en guerra consigo mismas.
Poco a poco, con ayuda, con práctica y con mucha más compasión de la que seguramente están acostumbradas a darse, es posible recuperar espacios que el miedo había ido ocupando.
Es posible volver a elegir por lo que quieres y no por lo que temes.
No ocurre de un día para otro. Pero llega un momento en el que la pregunta deja de ser: "¿Seré capaz?" Y empieza a transformarse en otra: "Tengo miedo, sí. Pero ¿qué vida quiero construir a pesar de él?"
Comentarios